Miraba a mi alrededor, una y otra vez, pensando que todo debía ser sólo una horrible pesadilla. ''Esto no puede ser'', pensé. Era la enésima vez que llegaba exactamente al mismo sitio del bosque, aunque ¿Quién sabe?, En realidad todos los árboles te parecen iguales al caer en la desesperación. Ya no lo resistía más. Tenía ganas de gritar, pero el horrible silencio me oprimía el pecho, al igual que cien toneladas de piedra. No podía manifestar mi frustración por medio del grito.
Después de unas horas de caminata, algo había cambiado en el paisaje. Los árboles estaban algo más separados, y en algunas zonas parecía que alguien se hubiese abierto paso hace ya tiempo, pues el sendero que alguna vez hubo había sido reconquistado por la naturaleza. Caminé en esa dirección, con la esperanza de encontrar algún indicio de actividad humana reciente. Pero no habían huellas, olores, ni nada que lo indicara. Lo único que encontré fue una cabaña bastante destartalada. Hacía bastante frío, y, al juzgar por las oscuras nubes que cubrían el cielo abovedado, pronto llovería, por lo que no dudé dos veces para entrar al antiguo refugio.
Era una enorme habitación, cuyo único contenido era una alfombra vieja, raída por roedores y polillas; calderos oxidados, que opté por no inspeccionar; y un tocador, con más agujeros que un queso, pues las termitas y la humedad habían hecho estragos en la madera. Me acurruqué en lo que quedaba de la alfombra y me dormí.
Desperté bruscamente, al escuchar unos horrendos chillidos provenientes del techo.
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